LA LIBERTAD RELIGIOSA

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 “Deo parere libertas est”. Seneca, De vita Beata, XV, 7.

Nacía una nueva religión

Nacía una nueva religión

Se ha hecho célebre la idea de ver como opuestas las enseñanzas de Jorge Bergoglio y aquellas de sus predecesores. Y por predecesores me refiero a Juan XXIII en adelante. Pareciera que el Magisterio de la Iglesia comenzó con el Concilio Vaticano II y llegó a su término con Joseph Ratzinger. Un clima airado y hasta cercano al cisma reina en el círculo pseudotradicionalista, pues Bergoglio no desea favorecer la continuidad sino la ruptura. Continuidad predicaba Ratzinger, con una hermenéutica harto falaz, pero lo suficientemente elaborada como para satisfacer a los amantes de la Misa en latín.

Hoy nadie se sorprende si llamamos hereje a Bergoglio. Es demasiado obvio. Pero es necesario insistir en que la ruptura real sucedió hace más de cincuenta años. Es necesario proclamar a viva voz que el Concilio Vaticano II enseñó una religión falsa y que Jorge Bergoglio, si en algo se diferencia de sus predecesores modernistas, es en el hecho de ser más honesto, directo y lógico en la aplicación de los principios heréticos del Vaticano II.

Son cuatro las herejías más evidentes del pseudoconcilio: la libertad religiosa, el ecumenismo, la colegialidad y el subsistit in (error eclesiológico según el cual la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica no poseen identidad absoluta).

El presente artículo sólo trata de la libertad religiosa.

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